viernes, 14 de agosto de 2026

"UNA LIMOSNITA POR EL AMOR DE DIOS PARA UNA MISA DE INDULGENCIA..."



“UNA LIMOSNITA POR EL AMOR DE DIOS PARA UNA MISA DE INDULGENCIA…”

            En nuestra retina y oídos quedó grabada aquella ceremonia que se repetía de vez en cuando en el corredor de nuestra vivienda. Primero se escuchaban unos fuertes golpes en el portón, cuyos sonidos indicaban claramente que el anunciante llevaba prisa. Al abrir nos encontrábamos con Fermina, una mujer ya entrada en años, quien llevaba un saco de fique a medio llenar terciado a la espalda, sostenido fuertemente con una de sus manos. Al avanzar hasta la mitad del zaguán, ceremoniosamente se levantaba el sombrero con la mano libre, a medida que pronunciaba la frase: “una limosnita por el amor de Dios para una misa de indulgencia por el ánima del finado…”.

            Ya sabíamos de antemano quién era el finado, pues en aquella época eran muy pocas las personas que morían, y también sabíamos el destino a donde iría a parar todo el producto almacenado en aquel saco de fique y quizás en otros más.

            En efecto, se tenía la costumbre que, al morir una persona, después del entierro, se levantaba un altar o tumba en la casa de habitación donde se había velado durante toda la noche, para luego comenzar una novena de rosarios. En el día noveno, aparte del velorio en la vivienda, se mandaba oficiar una misa por el alma del difunto, cancelada al sacerdote con el producto recogido, denominada misa de indulgencia.

            El peso del saco iba aumentando a medida que Fermina visitaba los vecinos del fallecido, pues la mayoría de las contribuciones eran en especies, mazorcas de maíz, huevos, cuajadas, panelas, papas y otras pocas cosas más, pues el efectivo era escaso y cuando daban era en monedas de muy baja denominación, como un centavo, una locha y cuando más un medio real o un cuarto de bolívar. Al recibir la limosna, Fermina remataba con otra frase: “que el ánima de fulano de tal le pague”, a medida que amagaba con quitarse el sombrero.

            Comentando con el señor Hermes de Jesús Santiago sobre el tema anterior, me contó que él mismo participó en algunas oportunidades en este tipo de recolecta. Y nos dice que, además de Fermina, recuerda a otros “recogedores” como Alfonso Barrios, Juan Turiolo, Salomón Salcedo, Telésforo Zerpa, mano Álvaro, entre otros.

            En los campos de la parroquia Las Piedras, como El Conejo, Los Haticos, El Cañutal y Las Cavas, desempeñó este oficio por algún tiempo el señor Rafael Ramón Montoya1.

            El recolector o recogedor de la limosna no demoraba mucho en cada casa porque tenía que visitar toda la comunidad, con el saco a cuestas, además, estaba sujeto a un tiempo estipulado para la recolecta, que en la mayoría de los casos era de dos días. También tenía la potestad de vender algunos de aquellos productos, para aliviar la carga, como huevos, cuajadas o panela, efectivo que luego era entregado a los familiares del finado para que éstos pagaran al señor cura la misa señalada2.

            Aquella tradición finalizó hace ya muchos años, ahora se acostumbra que durante los días del novenario se coloca un plato junto a la tumba (levantada para los rezos) del finado y allí los asistentes van depositando su contribución en efectivo para el mismo propósito religioso.

            El primero y único sacerdote nacido en Pueblo Llano, hasta ahora, Don Mario de Jesús Santiago Valero, nos aclara los orígenes y el significado católico de esta celebración eucarística:

“…la Indulgencia es una ofrenda u obsequio que se hace al difunto, con miras a aliviar las penas que, a modo de secuelas de pecados absueltos, puedan acarrear penas temporales. Es una satisfacción o indulto que se ofrendan al difunto y ante Dios, por mediación de la Iglesia, administradora del tesoro de la Redención de Cristo. Por tanto, la Indulgencia no es un abono al Señor por el perdón o remisión de los pecados del finado o una plegaria en pro del descanso eterno de su alma, es la remisión que hace la Iglesia de las penas debidas por los pecados. El descanso es una consecuencia de ese perdón. De ahí la importancia de la Misa de Indulgencia. Es el sacrificio eucarístico que realiza y aplica ante Dios la Santa Madre Iglesia, facultada para borrar toda culpa proveniente de pecados ya confesados.

            Al efecto se recaudaba una limosna entre los asistentes a los rezos y en la comunidad respectiva, a cargo de los parientes, vecinos y amigos del difunto. Dijimos de vecinos, mas no de todos los parroquianos, toda vez que se trata de donativos o pequeños sacrificios que suponen lazos de amistad y de buena voluntad por los amigos y conocidos que se nos han ido hacia la eternidad. Es la condición de reciprocidad colectiva: “Hoy por ti, mañana por mí”.  Los donativos consistían en pequeñas contribuciones en dinero que se entregaban al párroco como estipendio.

            Donativos en especies no conocí, aunque posiblemente sí los hubo por motivo de la escasez de las monedas. Casi siempre la Misa era rezada, habida cuenta del poco monto del dinero recaudado. Pero en caso de que la limosna alcanzara los Bs. 30, la Misa era cantada”.

            “La novena en familia consistía en el rezo del santo Rosario durante los primeros 8 días del Novenario, y 8 rosarios consecutivos la última noche y el canto del último rosario, llamado rosario gloriado y cantado, ya al amanecer. Se conoce como gloriado el rosario de esa hora ya que, en lugar de los Misterios Dolorosos, se cantaba un rosario con Misterios Gloriosos, con la consabida muletilla de “Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo”, en lugar de “Dale, Señor el descanso eterno”.

Desde luego que esa última noche de la novena era completa y comprendía una cena a la media noche para todos los asistentes y uno que otro brindis de licor a lo largo de la noche.

            Esta modalidad ha ido desapareciendo, visto el abuso de licor por parte de algunos asistentes que lo llevan por su cuenta. En su lugar, la familia sufraga ahora una Misa de indulgencia, con la participación de parientes, vecinos y amigos. Una buena solución3.

            Los tiempos pasan y las costumbres también, para bien o para mal, según el criterio con que se miren, tanto en el presente como en el futuro. Pero, para emitir juicios de valor sobre ellas, primero deben ser conocidas, y darlas a conocer es el deber de los que hemos asumido tal compromiso.

           

Rafael Ramón Santiago

Cronista oficial del municipio Pueblo Llano.

 

 

(15/08/26)

 

Imágenes cortesía de Antonio González Santiago.


Notas:

(1)  Entrevista al señor Rafael Ramón Montoya, 52 años, Las Piedras, 26 de abril de 2008.

(2)  Entrevista al señor Hermes de Jesús Santiago Santiago, 77 años, Pueblo Llano, 17 de agosto de 2025.

(3)  Entrevista, vía WhatsApp, a Don Mario de Jesús Santiago Valero, 97 años, Caracas, 18 de agosto de 2025.