viernes, 14 de agosto de 2026

"UNA LIMOSNITA POR EL AMOR DE DIOS PARA UNA MISA DE INDULGENCIA..."



“UNA LIMOSNITA POR EL AMOR DE DIOS PARA UNA MISA DE INDULGENCIA…”

            En nuestra retina y oídos quedó grabada aquella ceremonia que se repetía de vez en cuando en el corredor de nuestra vivienda. Primero se escuchaban unos fuertes golpes en el portón, cuyos sonidos indicaban claramente que el anunciante llevaba prisa. Al abrir nos encontrábamos con Fermina, una mujer ya entrada en años, quien llevaba un saco de fique a medio llenar terciado a la espalda, sostenido fuertemente con una de sus manos. Al avanzar hasta la mitad del zaguán, ceremoniosamente se levantaba el sombrero con la mano libre, a medida que pronunciaba la frase: “una limosnita por el amor de Dios para una misa de indulgencia por el ánima del finado…”.

            Ya sabíamos de antemano quién era el finado, pues en aquella época eran muy pocas las personas que morían, y también sabíamos el destino a donde iría a parar todo el producto almacenado en aquel saco de fique y quizás en otros más.

            En efecto, se tenía la costumbre que, al morir una persona, después del entierro, se levantaba un altar o tumba en la casa de habitación donde se había velado durante toda la noche, para luego comenzar una novena de rosarios. En el día noveno, aparte del velorio en la vivienda, se mandaba oficiar una misa por el alma del difunto, cancelada al sacerdote con el producto recogido, denominada misa de indulgencia.

            El peso del saco iba aumentando a medida que Fermina visitaba los vecinos del fallecido, pues la mayoría de las contribuciones eran en especies, mazorcas de maíz, huevos, cuajadas, panelas, papas y otras pocas cosas más, pues el efectivo era escaso y cuando daban era en monedas de muy baja denominación, como un centavo, una locha y cuando más un medio real o un cuarto de bolívar. Al recibir la limosna, Fermina remataba con otra frase: “que el ánima de fulano de tal le pague”, a medida que amagaba con quitarse el sombrero.

            Comentando con el señor Hermes de Jesús Santiago sobre el tema anterior, me contó que él mismo participó en algunas oportunidades en este tipo de recolecta. Y nos dice que, además de Fermina, recuerda a otros “recogedores” como Alfonso Barrios, Juan Turiolo, Salomón Salcedo, Telésforo Zerpa, mano Álvaro, entre otros.

            En los campos de la parroquia Las Piedras, como El Conejo, Los Haticos, El Cañutal y Las Cavas, desempeñó este oficio por algún tiempo el señor Rafael Ramón Montoya1.

            El recolector o recogedor de la limosna no demoraba mucho en cada casa porque tenía que visitar toda la comunidad, con el saco a cuestas, además, estaba sujeto a un tiempo estipulado para la recolecta, que en la mayoría de los casos era de dos días. También tenía la potestad de vender algunos de aquellos productos, para aliviar la carga, como huevos, cuajadas o panela, efectivo que luego era entregado a los familiares del finado para que éstos pagaran al señor cura la misa señalada2.

            Aquella tradición finalizó hace ya muchos años, ahora se acostumbra que durante los días del novenario se coloca un plato junto a la tumba (levantada para los rezos) del finado y allí los asistentes van depositando su contribución en efectivo para el mismo propósito religioso.

            El primero y único sacerdote nacido en Pueblo Llano, hasta ahora, Don Mario de Jesús Santiago Valero, nos aclara los orígenes y el significado católico de esta celebración eucarística:

“…la Indulgencia es una ofrenda u obsequio que se hace al difunto, con miras a aliviar las penas que, a modo de secuelas de pecados absueltos, puedan acarrear penas temporales. Es una satisfacción o indulto que se ofrendan al difunto y ante Dios, por mediación de la Iglesia, administradora del tesoro de la Redención de Cristo. Por tanto, la Indulgencia no es un abono al Señor por el perdón o remisión de los pecados del finado o una plegaria en pro del descanso eterno de su alma, es la remisión que hace la Iglesia de las penas debidas por los pecados. El descanso es una consecuencia de ese perdón. De ahí la importancia de la Misa de Indulgencia. Es el sacrificio eucarístico que realiza y aplica ante Dios la Santa Madre Iglesia, facultada para borrar toda culpa proveniente de pecados ya confesados.

            Al efecto se recaudaba una limosna entre los asistentes a los rezos y en la comunidad respectiva, a cargo de los parientes, vecinos y amigos del difunto. Dijimos de vecinos, mas no de todos los parroquianos, toda vez que se trata de donativos o pequeños sacrificios que suponen lazos de amistad y de buena voluntad por los amigos y conocidos que se nos han ido hacia la eternidad. Es la condición de reciprocidad colectiva: “Hoy por ti, mañana por mí”.  Los donativos consistían en pequeñas contribuciones en dinero que se entregaban al párroco como estipendio.

            Donativos en especies no conocí, aunque posiblemente sí los hubo por motivo de la escasez de las monedas. Casi siempre la Misa era rezada, habida cuenta del poco monto del dinero recaudado. Pero en caso de que la limosna alcanzara los Bs. 30, la Misa era cantada”.

            “La novena en familia consistía en el rezo del santo Rosario durante los primeros 8 días del Novenario, y 8 rosarios consecutivos la última noche y el canto del último rosario, llamado rosario gloriado y cantado, ya al amanecer. Se conoce como gloriado el rosario de esa hora ya que, en lugar de los Misterios Dolorosos, se cantaba un rosario con Misterios Gloriosos, con la consabida muletilla de “Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo”, en lugar de “Dale, Señor el descanso eterno”.

Desde luego que esa última noche de la novena era completa y comprendía una cena a la media noche para todos los asistentes y uno que otro brindis de licor a lo largo de la noche.

            Esta modalidad ha ido desapareciendo, visto el abuso de licor por parte de algunos asistentes que lo llevan por su cuenta. En su lugar, la familia sufraga ahora una Misa de indulgencia, con la participación de parientes, vecinos y amigos. Una buena solución3.

            Los tiempos pasan y las costumbres también, para bien o para mal, según el criterio con que se miren, tanto en el presente como en el futuro. Pero, para emitir juicios de valor sobre ellas, primero deben ser conocidas, y darlas a conocer es el deber de los que hemos asumido tal compromiso.

           

Rafael Ramón Santiago

Cronista oficial del municipio Pueblo Llano.

 

 

(15/08/26)

 

Imágenes cortesía de Antonio González Santiago.


Notas:

(1)  Entrevista al señor Rafael Ramón Montoya, 52 años, Las Piedras, 26 de abril de 2008.

(2)  Entrevista al señor Hermes de Jesús Santiago Santiago, 77 años, Pueblo Llano, 17 de agosto de 2025.

(3)  Entrevista, vía WhatsApp, a Don Mario de Jesús Santiago Valero, 97 años, Caracas, 18 de agosto de 2025. 


 

miércoles, 29 de julio de 2026

EL AJÍ

 

Agricultura y gastronomía prehispánica local 

EL AJI

            Hablar del ají es hablar del ingrediente principal que se añadía, y se sigue añadiendo, a las diversas comidas preparadas en el Nuevo Mundo durante siglos, agregándole un sabor y una emoción particular a cada plato.

El ají o chile, como se conoce en otras partes de América, es un fruto picante que pertenece al género Capsicum anum y se puede encontrar en diferentes variedades a lo largo de toda América y en los últimos tiempos su cultivo y utilización se ha extendido por todo el mundo.

Don Lisandro Alvarado describía la planta de ají de la siguiente manera: “El C. frutescens, uno de los (ajíes) más comunes, es una planta fructuosa, de tallo erguido y lampiño, ramos flexibles, cilíndricos, casi angulados, algo lampiños; hojas solitarias o apareadas, aovadas, acuminadas, enteras, lampiñas; cáliz más o menos erguido, casi pentagonal, algo truncado, lampiño; baya roja o amarilla, aovada, oblonga, obtusa, lisa, larga de 6 a 12 líneas”1.

            En el siglo XVIII, el cura cronista Basilio Vicente de Oviedo se refería al cultivo del ají en el Nuevo Reino de Granada de la siguiente manera: “El ají, a quien los europeos llaman pimientos de Indias, se siembra y se produce con abundancia en las tierras templadas. Hay de tres especies: uno redondo y de poco gusto y picante, y es poco apetecible; otro largo como un dedo de la mano o más, muy fuerte y gustoso, que sazona todas las comidas y caldos y les da un picante que ocasiona apetito. Dase en la misma mata, de tres colores, colorado el más, y amarillo y verde; todos los usan en sus mesas y en sus comidas, y es mucho mejor echado en vinagre. Es de calidad cálida, en particular el que llaman ají chiquito, que se da en tierras templadas y cálidas, y es del mismo gusto2.

            Con respecto a la manera de cómo consumían el ají los indígenas que poblaban nuestras tierras andinas, Julio César Salas apunta: “Extenso uso como condimento hacían Mucus y Cuicas de varias clases de ajíes (Capsicum anum), planta típicamente americana; su nombre ají procede del taíno, pues los quichuas, lo llamaban uchú o richú, los aztecas chilli y givaque los mayas. Hemos dicho que el ají bravo era la base del encurtido o ajiagua de los Mucus incorporando varias plantas y raíces3.

            Al respecto agrega el experto en historia de la cocina andina venezolana Rafael Cartay: “El régimen alimentario de los indígenas de la Cordillera de Mérida era, en esencia, el mismo para todas las comunidades que allí habitaban. El clima permitía el cultivo de una amplia gama de productos, similares en todo el territorio, destacándose entre ellos el maíz, la papa, el frijol y el ají, lo cual es típico de las sociedades indígenas andinas y mesoamericanas (salvo la papa) …El ají lo usaban como condimento y lo conservaban en una jícara conocida como cucay4. 

            En nuestra niñez solo conocimos dos variedades de ajíes, los mongos que eran de color verde y rojo cuando estaban completamente maduros y los chireres o chirel, que eran más pequeños, amarillos y muy picantes, Gonzalo Picón Febres agrega uno más que llama corito, que no lo conocimos. Afirma el escritor citado que: “En el dialecto indígena de los Mirripuyes (Mérida de Venezuela) al ají lo llaman chicás; los Escagueyes, chichim; y los Timotes, ajisero es también chicás…”5.

            La cercanía y comunicación de Pueblo Llano con los pueblos del estado Trujillo como Boconó, Niquitao, Bisum, entre otros, hace posible que algunas costumbres y tradiciones sean similares como el caso que nos ocupa, por lo tanto, citamos lo que escribe la Licda. Lourdes Dubuc de Isea con respecto a tan importante aderezo: “…Aquí se moja con ají desde la arepa hasta la sopa más preparada. Los ajiceros tienen su alquimia: el ahuecar un taparo debidamente, el curado y el hacerlo recipiendario del excitante ají no es cuestión tan simple. Y a esto se agregan los ritos de mezclar el ají con la leche, los magueyes, los diablitos, el culantro, en la debida proporción. Esta ciencia, no obstante, es dominada por casi toda nuestra población que, de la choza más humilde a la vivienda más empingorotada, pone a sus viandas modestas o suculentas, el insinuado frasco de ajicero, capaz de aderezar, sazonar e imprimir a cualquier manjar, un toque de exótico sabor6.

            Para culminar su apreciación, remata con la entrega de una receta para su preparación: “Ajicero. He aquí una fórmula de composición de ajicero de campo: 10 ajíes forotes se ponen a cocinar. Se les quita la fruta y se ponen a remojar un día entero para que no piquen tanto. Se muelen en la piedra, con ajos, orégano, cominos, sal. Se guardan en frascos. Si se quiere se le agrega leche de vaca hervida y fría. Puede añadírsele también magueyes. Se machucan y se agregan al ajicero7.

            En Pueblo Llano no hemos conocido vivienda donde no mantengan un frasco o una taza de ají en la mesa, dispuesto a aderezar la comida que se consume durante el día. Cada familia tiene su manera de prepararlo, antiguamente se hacía en una olla de barro de donde, posteriormente, se extraían las porciones requeridas. Recuerdo con nostalgia el ají de mi hogar, preparado con zapallo, “diablitos”, “pitones”, cebollín, cilantro de monte, varios mongos, pepinos, coles, berros, poca sal y mucho amor.

Rafael Ramón Santiago

Cronista oficial del municipio Pueblo Llano.

(30/07/26).

Notas:

(1)  Lisandro ALVARADO. Obras Completas. I. La Casa de Bello. Caracas, Venezuela, 1984. pp. 41, 42 y 43.

(2)  Basilio Vicente DE OVIEDO: Cualidades y riquezas del nuevo reino de granada. manuscrito del siglo XVIII. Biblioteca de Historia Nacional. Volumen XLV. Bogotá -Imprenta Nacional, 1930. pp. 45, 46.

(3)  Julio César SALAS. Etnografía de Venezuela. Colección “Temas y Autores Merideños”. Academia de Mérida, Ediciones del Rectorado, Universidad de Los Andes. Mérida, Venezuela, 1997. p. 105.

(4)  Rafael CARTAY. Caracterización de la región alimentaria andina. Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses. N° 138. San Cristóbal, Venezuela, 1997. p. 23.

(5)  Gonzalo PICON FEBRES. Libro raro. Tercera Edición. Biblioteca de Autores y Temas Merideños. Mérida, Venezuela, 1964. p. 44.

(6)  Lourdes DUBUC DE ISEA. Romería por el folklore boconés. Talleres Gráficos Universitarios, Mérida, Venezuela, 1966. p. 482.

(7)  Ibidem. p. 482.

 

lunes, 6 de julio de 2026

"PITONES", "DIABLITOS" Y OTRAS BONDADES DEL FIQUE

 

Agricultura y gastronomía prehispánica local 


“PITONES”, “DIABLITOS” Y OTRAS BONDADES DEL FIQUE

En el páramo merideño, donde encontramos una flora variada y diversa, nacimos y crecimos viendo unas plantas un poco extrañas, como si no fueran autóctonas, venidas de alguna zona árida o pisos altitudinales más bajos. Se trata del fique(furcraea) y la cocuiza (agave cocui trel) que, por su parecido, las confundíamos y a ambas las denominábamos maguey. Plantas no muy comunes, como ya se indicó, y que han ido desapareciendo como tantas otras por la utilización de terrenos para la actividad agropecuaria.

Aunque eran muy similares se podían diferenciar debido a su estructura y utilización, también había contrastes en su color, por ejemplo, las hojas del fique eran verdes, con bordes lisos, dentados o aserrados terminando en una espina; en cambio, las hojas de las cocuizas eran azuladas, también con hojas dentadas en los bordes, pero terminando en una fuerte y gran espina.

Las plantas citadas son originarias de América y cuentan con muchas variedades y nombres dependiendo del lugar donde se reproducen, así lo expresaba el sabio merideño Julio César Salas a finales del siglo XIX o comienzos del XX: “el Maguey o Agave Americano es voz de lengua de Haití, pero corren diversos nombres en América para dicha planta: henequén o corojo en Centro América, mextl en azteca o maguey, del primero fabricaban el pulque o mezcal; esta misma variedad de agave se llama cocuiza en Venezuela, caruaba, curagua o curaguato en el Orinoco; los jiraharas de Barquisimeto fabricaban con él una especie de vino llamado cocuy, que hoy se destila por los civilizados y se conoce con el mismo nombre de cocuy; los indios de la serranía de Cumaná se llamaron chacopatis, de chacopati que significa maguey en su idioma…fique se llama en la cordillera de los Andes venezolanos una variedad de agave, empleada por los indios para fabricar cuerdas, las que se denominan cabuyas, voz antillana, no así los morrales que elaboran y nombran marusas; de la flor del maguey y del mismo cogollo, hacen los mucus la ajiagua, condimento obligado; estos mismos indios trenzan el fique para la fabricación de toscas alpargatas por el estilo de las gutaras cubanas y oxotas de los quichuas, quienes llamaban al fique  maguey chuchan”1.

Mata de fique

Las bondades de la planta referida, en sus diferentes variedades, han sido muy grandes a lo largo y ancho de América y a través de los tiempos, particularmente en México, del Agave tequilana se obtiene el pulque, tequila y mezcal, que debido a su industrialización y promoción se conoce y consume en gran parte del mundo. En Venezuela, particularmente en los estados Lara y Yaracuy, el jugo de sus hojas y/o raíces sirve para preparar el muy apreciado licor de cocuy, llamado cocuy de penca o pecayero, bebida de tradición prehispánica usada por los chamanes para celebrar fiestas, en la actualidad ha sido industrializado completamente y es consumido en todo el país2. No hay referencias donde indiquen que en el periodo prehispánico o colonial se haya fabricado algún licor derivado de estas plantas de los Andes.

En cuanto a sus poderes curativos tenemos que las hojas machacadas se aplican a tumores provocando su supuración y reducción; el cocimiento de la raíz se emplea para trastornos menstruales y dolores de la vejiga3, las hebras de fique, impregnadas en kerosene, y colocadas en las plantas de los pies, bajan la tensión y la fiebre. En la segunda mitad del siglo XIX el presbítero Jesús Manuel Jáuregui Moreno hizo una descripción de Pueblo Llano, colocando entre las plantas medicinales el cocuy o pitón y la cocuiza canalmala.4

Mata de cocuiza

En la construcción de viviendas también tenían su aplicación, las hojas mezcladas con el barro servían como aglutinante en la elaboración de muros y paredes de adobe, de igual manera, unidas con cal o tierra blanca era utilizadas para blanquear las paredes y sus vástagos funcionaban como vigas en los techos de las casas.

Muchas historias escuchamos en nuestra niñez sobre las actividades que se desarrollaban en torno al fique, principalmente la obtención de cuerdas o cabuyas. A esta actividad se le denominaba “raspar fique” y era ejercida por expertos que sabía en qué momento del año estaban listas las pencas para su utilización, la fase de la luna en que se debían cortar, que preferiblemente era menguante. Luego venía el proceso de raspado donde colocaban la penca en una tabla o mesa inclinada para comenzar, con un cuchillo u objeto parecido, a sacarle la pulpa hasta que quedaban solamente las hebras que eran llevadas a secar al sol para después torcerlas y obtener los hilos de grosores diferentes.

El uso que se le daba a las cuerdas era múltiple, con ellas fabricaban cabuyas para amarrar animales como vacas y caballos; fajas, refajas y cinchas para las mulas; sacos para transportar papas y otros frutos; marusas para llevar avío en los viajes; alpargatas e incluso algún abrigo para protegerse del frío.

Los vestigios en la región andina merideña sobre la utilización de las fibras de fique se pueden verificar en la presencia de una momia encontrada en 1923 en un sitio denominado La Ovejera, cerca de Pueblo Nuevo del Sur, municipio Sucre, estado Mérida, la cual se encuentra expuesta en el Museo Arquidiocesano de Mérida. En un estudio hecho en la Universidad de Los Andes se concluyó que “los textiles asociados a la momia fueron confeccionados con fibras de origen vegetal, como las existentes en los tallos de plantas como las malváceas o en las hojas de sisal, semejantes a las utilizadas en la actualidad para la confección de los tejidos y cuerdas5.

Muy cerca del lugar anterior, en El Morro, don Tulio Febres Cordero hace referencia a la calidad de los productos de fique elaborados allí en el siglo XIX, al respecto expresa: “De sus tejidos y sus progresos en este ramo, quedan los famosos costales o sacos de fique del Morro que fueron premiados en la Exposición de París el año de 1889…”6.

En Pueblo Llano, los últimos “raspadores de fique” de que se tenga noticia fueron Francisco Santiago Torres y su hijo José de Resurrección, avecindados en el sitio denominado La Horca, quienes elaboraban diversidad de objetos por encargo.

Por otra parte, se observaba una utilidad muy frecuente de las matas de cocuiza y fique para fijar los límites en las propiedades agrícolas; en muchos documentos encontramos, por ejemplo, frases como: “…por el norte con Juan Peña, divide mojones de piedra y matas de cocuiza…”. En efecto, estas matas eran muy duraderas y se reproducían fácilmente, además, sus hojas con bordes de espinas, rematadas en una punta muy dura, contribuía para que los animales, como vacas y caballos, no entraran a las tierras cultivadas a hacer daños.

No nos cansamos de escribir sobre los beneficios de estas plantas y hemos querido dejar para el final la parte principal del artículo como es la referente a la gastronomía. Cuando el vástago de la planta de fique estaba tierno se denominaba “pitón” y era el momento para cortarlo, picarlo en trozos y agregarlo como un ingrediente más en la preparación del ají andino. Pero, además, si el “pitón” o vástago no se cortaba tierno y se dejaba crecer hasta su tamaño natural, una vez florecido, se utilizaban estas flores, denominadas “diablitos”, que también agregaban al ají encurtido y le da muy buen sabor7. Como hemos visto líneas más arriba, Julio César Salas menciona que, con el vástago del maguey, llamado por nosotros “pitón” y también con sus flores (“diablitos”), nuestros indígenas preparaban un condimento denominado ajiagua que es muy probable sea el mismo preparado de ají a que hemos hecho referencia. Sobre este condimento nos amplía el sabio merideño: “El cucay del pichero o ají no podía faltar en las comidas indígenas, esta especie de encurtido formado por raíces: micuyes y rubas en la tierra fría y por ajíes, médula y frutos del maguey, istú y otras plantas entre los indios de los valles templados, era el excitante y condimento obligado de la sencilla alimentación de los chamas8.

Ají preparado con “pitones” y “diablitos”.

Con respecto a la elaboración del ají, nos dice nuestro estimado paisano don Mario de Jesús Santiago Valero: “En cuanto a los famosos “pitones” nos viene a la memoria que eran las flores de los vástagos de las matas de fique, que se cosechaban en muy pocas partes y en muy pocas oportunidades. Efectivamente, las matas de fique, aunque son silvestres en las regiones de los páramos andinos, son por lo general escasas. Nosotros las llamábamos fique, pero en botánica la denominan pita. Su mayor utilidad se debe a que las hojas, alargadas, gruesas y numerosas, con espinas por los bordes y puntas, producen fibras para hacer cabuyas y otros productos textiles de utilidad para la producción agrícola e industrial. Periódicamente produce un vástago relativamente delgado, que termina en una flor en forma de racimo erguido, de color verde blanco, con semillas blandas del tamaño de una fresa. Pues bien, hasta hace poco ese racimo de flores se aprovechaba como ingrediente para rendirle a la sopa que se consume en familia a la hora del almuerzo. A decir verdad, no era muy notable la ventaja alimenticia que proporcionaba el uso de los mencionados pitones, dado que lo escaso de la planta y el poco interés que tenía en la población terminaban por olvidar el beneficio9.

Sería redundar en el hecho de continuar elogiando las bondades de estas plantas, pero, finalmente, no hay que olvidar que debido a los efectos catastróficos que está sufriendo el planeta y con él la población mundial debido al cambio climático, mucho se podría aportar para mejorar tal situación volviendo a utilizar objetos de fique o cocuiza para el uso diario, como por ejemplos las marusas para hacer mercado y los sacos para empacar verduras, debido a que se descomponen con mucha facilidad una vez que culmina su vida útil y, de esta manera, la agresión al medio ambiente es insignificante en comparación con los objetos sintéticos que tardan miles de años en desaparecer. 

 

Rafael Ramón Santiago.

Cronista oficial del municipio Pueblo Llano.

(30/06/26)

Notas:

(1)  Julio César SALAS. De Re Indica. Órgano de la Sociedad Venezolana de Americanistas. “Estudios Libres”, Antropología, Etnología, Lingüística, Folklore, etc. Vol. I. Caracas, Venezuela, 28 de octubre de 1918. Nº 2.  pp. 50, 51.

(2)  http://vereda.ula.ve › areas-tematicas › jardin-xerofitico.

(3)  Ídem.

(4)  Jesús Manuel Jáuregui Moreno. Obras Completas. Tomo I. Talleres de Editorial Futuro, San Cristóbal, estado Táchira, 1999. p. 245.

(5)  Ernesto PALACIOS PRÜ. Análisis ultraestructurales de tejidos humanos momificados. Caso de la momia del museo arquidiocesano de Mérida, Venezuela. Boletín Antropológico. Centro de Investigaciones Etnológicas. Museo Arqueológico. Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Mayo-agosto 1995. Nº 34. pp. 5-21.

(6)  Tulio FEBRES CORDERO. Obras Completas. Procedencia de los aborígenes de los andes venezolanos. Tomo I. Editorial Antares LTDA, Bogotá, Colombia, 1960. p. 52.

(7)  Gonzalo PICON FEBRES. Libro raro. Tercera Edición. Biblioteca de Autores y Temas Merideños. Mérida, Venezuela, 1964. p. 141.

(8)  Julio César SALAS. Tierra-Firme. (Venezuela y Colombia). Estudios sobre Etnología e Historia. Universidad de los Andes, Facultad de Humanidades y Educación, Mérida, Venezuela, 1971, p. 155.

(9)  Informante: Mario de Jesús Santiago Valero. 95 años, Caracas, 22 de julio de 2023.

 

 

 

 

lunes, 15 de junio de 2026

PRIMER ACCIDENTE VEHICULAR EN LA VIA HACIA PUEBLO LLANO

 

EL PRIMER ACCIDENTE VEHICULAR EN LA VIA HACIA PUEBLO LLANO

            Con la construcción de la carretera Trasandina, concretamente el trayecto Mucubají-Barinitas, varios pueblos de la cordillera andina y del piedemonte barinés quedaron aislados. Este fue el caso de Pueblo Llano, Las Piedras, Calderas y Altamira. Fueron muchas las luchas emprendidas por los habitantes de estas comunidades para que se construyeran ramales alternos que comunicaran con la vía principal y de esta manera poder incorporarse definitivamente al progreso que iba alcanzando el país.

            La vía hacia Pueblo Llano comenzó a construirse iniciando la década de los años 50 del siglo XX, la misma estuvo a cargo de un experto maquinista de nombre Aureliano León, a quien apodaban El diablo, natural de Niquitao, estado Trujillo, quien hizo el trazado y la apertura a “pepa de ojo”1. El primer vehículo llegó al pueblo por esta ruta el 21 de marzo de 1952, se trataba de una camioneta Panel, marca GMC, color verde, conducida por el señor Héctor Moreno, perteneciente a la empresa Comercial Moreno de la ciudad de Mérida2.

            No tardó mucho tiempo para que el espíritu emprendedor de algunas personas de la comunidad considerase el transporte de pasajeros como un negocio rentable. Enseguida adquirieron camionetas para tal fin los señores Eladio Hernández Agostini, Sixto Molina, doña Julia Santiago, entre otros.

            La camioneta de doña Julia la conducía su hijo Alberto Santiago, era de color rojo, marca Willis, con carrocería de madera y prestaba el servicio de transporte para rutas más cercanas como Santo Domingo y La Mitisús.

            Hacía ya un año que se había puesto en funcionamiento la vía, pero los derrumbes eran continuos y los baches se formaban en todas partes con la presencia de las lluvias, la máquina en cuestión y algunos obreros se encargaban de su mantenimiento, depositando la arena que bajaba de los cerros en las orillas de los barrancos.  

Era un Domingo de Ramos, 29 de marzo de 1953. Al finalizar los actos religiosos de este día, presididos por el Pbro. Pedro Hidalgo, de origen español, quien tenía la particularidad de no demorar mucho en sus homilías, el vehículo de doña Julia salió del pueblo atestado de pasajeros, algunos testigos dicen que varias personas iban montadas en el techo y otros colgados de la escalera que servía para treparse a él, cada pasajero llevaba en su mano una rama de palma recién bendecida3.

La máquina comenzó el descenso lentamente todos iban muy felices, disfrutando de un trasporte que nunca habían imaginado que transitara por aquellos lugares tan inclinados sorteaba zanjas, baches, esquivaba piedras y después de haber descendido un trecho considerable, en el recodo que hay antes de la pequeña recta que conduce a la curva que posteriormente se denominó como la curva de los jóvenes, porque allí también ocurrieron otros accidentes, se arrimó un poco a la orilla donde había algunos promontorios de arena sin compactar, la calzada cedió y en cuestión de segundos se precipitó por el barranco. Como la carrocería era de madera se abrió rápidamente y los pasajeros salieron expulsados, quedando la mayoría de ellos sobre la arena, sin heridas de gravedad, pero, lamentablemente, dos personas perdieron la vida al quedar sepultadas en la misma y no poder ser auxiliados a tiempo. Eran María Eliberta Padilla Santiago de 26 años de edad, hija de Timoteo Padilla y María Inés Santiago, el otro fallecido, también por asfixia mecánica, fue José Castor Martín Zayago, natural de Barinitas, hijo de Marcolina Zayago, casado con Amelia Briceño, residentes en un sector del camino hacia Altamira4.  

De esta manera, la anhelada carretera que trajo el progreso y sacó del aislamiento a los moradores de este pueblo cobró sus primeras víctimas, lamentables pérdidas humanas que sirvieron para recordar que los avances que experimentan los seres humanos en materia tecnológica no están exentos de peligros, razón por la cual, siempre hay que tomar las prevenciones necesarias para poder sortearlos mientras sea posible.

 

Rafael Ramón Santiago

Cronista oficial del municipio Pueblo Llano

 

(15/06/26)

Notas:

(1)  Battone PUJOL JÁUREGUI. Niquitao y Calderas: dos pueblos unidos por su camino de arrieros y soñadores…. Casa Nacional de las Letras. Andrés Bello, Caracas, 2016. p. 81.

(2)  Informante: Jesús Asdrúbal Quintero. 46 años, Pueblo Llano, 12 de abril de 1990.

(3)  Informante: Hermes Ramón Paredes Paredes, 83 años, Pueblo Llano, 21 de mayo de 2026.

(4)  Libro de defunciones de la parroquia Santísima Trinidad de Pueblo Llano, 1936-1959.  ff. 96, 97.

sábado, 30 de mayo de 2026

DON TULIO Y LA AREPA

 

Agricultura y gastronomía prehispánica local 

DON TULIO Y LA AREPA      


Nunca se imaginó don Tulio Febres Cordero que sus propuestas y protestas, alrededor de 1925, para que la arepa fuese reconocida y valorada por sus contemporáneos, iba a obtener una acogida tan grande un siglo después. En efecto, con motivo de la lamentable diáspora de compatriotas que tuvieron que salir del país durante las primeras décadas del siglo XXI, éstos se han dedicado a dar a conocer este plato venezolano con mucho orgullo, como parte de su identidad, en los diferentes lugares donde les ha tocado establecerse. 

La pluma de don Tulio Febres siempre estuvo al servicio del país para defender y resaltar el valor de lo nuestro. Observaba con preocupación que sus compatriotas poco a poco iban perdiendo la preferencia por todo lo que fuera nacional a cambio de lo exótico. Ante tan avasallante transculturización, propuso levantar un muro que denominó Pancriollismo como una manera de defender todo lo que tuviera que ver con la cultura autóctona del país.

            En un artículo denominado “Cosas Criollas. En torno a la arepa”, el autor se propone darle una definición general, además de una valoración, a esta comida venezolana de raíces indígenas.

            Comienza su tratado expresando el valor que le da un extranjero al humilde plato nuestro: “El sabio colombiano doctor Zeledón, que fue obispo de Santa Marta, dijo en París al deán de la Catedral de Mérida doctor Carrero y a otros venezolanos allí reunidos ocasionalmente, que bien valía hacer viaje de  Europa a América solo por comer al desayuno arepa caliente con cuajada fresca, comida realmente deleitosa, a igual de muchas otras en que figura el sabroso pan americano objeto de estas líneas: la popular arepa, regalo de ricos y pobres, forma la más común y económica de aprovechar el maíz como principal alimento en todas las clases sociales1.


            Se lamentaba don Tulio que los escritores venezolanos de su época no se dignaran en hacer un elogio a la criolla arepa, como sí lo hacían intelectuales de otros países con platos más sencillos que el nuestro:

Muy poco mencionada es la arepa por los literatos y poetas cuando de manjares escriben, a la inversa de lo que han hecho los europeos con sus principales alimentos, que diariamente reciben en el libro y el periódico continuos y merecidos elogios, desde el clásico pan de trigo hasta la humilde berza, que figura con sus propísimos nombres en el programa de los más suntuosos banquetes2.

            Reitera, una y otra vez, la tendencia de sus contemporáneos por despreciar las cosas nuestras, particularmente la comida:

En Hispano-América, al contrario, existe cierta preocupación, por no decir menosprecio, contra los artículos y platos de uso corriente como principales alimentos, menosprecio para nombrarlos, que no para comerlos ciertamente; y esto se evidencia con la costumbre general de ocurrir, en las ocasiones de gala, a formar lista de platos extranjeros, extraños por completo a la cocina criolla, para poner en aprieto a los comensales, pues si alguna vianda criolla llega a servirse, no se presenta como tal sino disfrazada con nombre francés, inglés, alemán o de cualquier otro idioma, menos el castellano, lo que solo puede tener excusa en banquetes de carácter diplomático3.

En seguida pasa a referir, lo que considera que es la parte central de su escrito, las pobres definiciones que dan los diccionarios sobre la arepa: “Para principiar por alguno, elegiremos el voluminoso diccionario de la lengua castellana hecho por una Sociedad Literaria, edición de 1869, donde se halla esta donosa definición:

“Arepa. Empanadilla hecha de harina de maíz con carne de puerco dentro, que venden las negras en las esquinas de Cartagena de Indias4.

A tan deficiente definición, don Tulio, muy molesto, se pregunta y enseguida responde: “¿Será eso nuestra arepa? Ni por asomo. Ella ni es empanada, ni el maíz se emplea en forma de harina para hacerla, ni se rellena con carne de puerco, y por sabido se calla que no es privilegio de las negras el venderla en las esquinas (y no es otros sitios) de Cartagena de Indias.

Lo de empanadillas rellenas de carne de puerco, hace pensar que los señores literatos autores del diccionario, tomaron por arepa las hayaquitas rellenas con carne, que por estos trigos de Mérida llamamos “hayaquitas de agua”, las cuales son de forma cilíndrica, un poco achatada, semejantes a las hayacas propiamente dichas, aunque muy inferiores por carácter de varios ingredientes principales y ser distinto el modo de prepararlas5.

            Continúa don Tulio con la crítica a los diccionarios que pretenden definir el principal plato venezolano: “En otra edición del mismo léxico hecha en París en 1878, se dejó la mismísima definición, pero con esta agregación en la parte final: ‘…que venden las negras en las esquinas de Cartagena de Indias, y es el almuerzo general de sus habitantes’. Esto se presta a muchos comentarios. Cartagena es una ciudad de más de doce mil almas, y cuesta creer que las tales empanadillas fuesen objeto de tanto gusto para pobres y ricos en la inexpugnable ciudad granadina, pues al fin y al cabo un mismo plato todos los días resultaría insoportable. Además, por comodidad y economía, ¡debe suponerse que las familias preparasen este almuerzo y no fuese permitida la venta sino por las negras y en las esquinas!6.

            Continúa ahora consultando el último diccionario que le ha llegado a sus manos: En el novísimo diccionario de la Real Academia Española (edición de 1925) aparece la definición:

Arepa. - (Del cumanagoto arepa, maíz), Pan de forma circular que se usa en América, compuesto de maíz sancochado, mojado y pasado por tamiz, huevos y manteca y cocido al horno’.

Con perdón de los señores académicos, dice el merideño, tampoco es esta nuestra popular arepa, porque el maíz se muele y se reduce a masa entre piedras o en máquinas especiales, y nunca va cernido ni hecho harina; y lo de añadirle huevos y manteca, dará risa a nuestras areperas, pues son ingredientes que no le cuadran y que harían más costoso este pan americano, que es el del pueblo por excelencia.

            Más adelante agrega, “tampoco lo del horno conviene a la arepa, pues, aunque las hay horneadas, como pan de gala, esto no es lo corriente, sino el ser asadas en un budare o platón casi plano de barro cocido o de hierro, sin más aliño que la sal, según se practica en Venezuela y Colombia, tanto en la cómoda casa del poblado como bajo el pajizo techo de la choza indígena7.

            Finalmente, considera que la mejor definición es la dada por el geógrafo Agustín Codazzi, aunque fue propuesta hacía muchos años ya y la elaboración misma había cambiado. Apuntaba Codazzi: “Desde antes del descubrimiento, las mujeres indígenas preparaban el pan de maíz moliendo entre dos piedras los granos hervidos de antemano para ablandarlos; enseguida hacían panes de aquella masa, y los ponían a tostar sobre un platón de tierra puesto al fuego: aun en el día lo benefician del mismo modo los indígenas y los criollos, y ningún adelanto se ha hecho en una manipulación tan usual y necesaria, en la que se emplea mucho tiempo”. Acota el merideño que la definición anterior era válida para antes de 1841 en que fue escrita, pero anota que ya para 1925 “en los centros más populosos se dispone de útiles y máquinas que simplifican el procedimiento precolombino8.

            Para terminar su escrito, trascribe algunos versos donde se describe la faena de la preparación de la arepa, como los del bardo colombiano Gregorio Gutiérrez González, donde se refiere a la cocinera antioqueña. Otros de Pío A. Rengifo de su poemario El Conuco y concluye con J. D. Tejera, quien canta las rudas faenas del sembrador andino “…y entenderá su afán quien contemplare —el maíz convertido en suave arepa— que enchapa de oro el budare”.

            Reiteramos que, muy orgulloso estaría el Patriarca de las letras Merideñas de las actuales generaciones de venezolanos que, lejos de menospreciar este plato tan nuestro, lo han llevado con orgullo por todos los confines del mundo.

Rafael Ramón Santiago

Cronista oficial del municipio Pueblo Llano

(31/05/26)

Notas:

(1)  Tulio FEBRES CORDERO. Archivo de Historia y Variedad. Obras Completas. Tomo III. Capítulo. LXXXVII. COSAS CRIOLLAS. EN TORNO DE LA AREPA. Editorial Antares LTDA, Bogotá, Colombia, 1960. p. 256.

(2)  Ídem.

(3)   Tulio FEBRES CORDERO. Archivo de Historia y Variedad. Obras Completas. Tomo III. Capítulo. LXXXVII. COSAS CRIOLLAS. EN TORNO DE LA AREPA. Op. cit. p. 257.

(4)  Ídem.

(5)  Ídem.

(6)  Ibidem. 258.

(7)  Ídem.

(8)  Ídem.