Agricultura y gastronomía prehispánica local
“PITONES”, “DIABLITOS” Y OTRAS BONDADES DEL FIQUE
En el páramo merideño, donde encontramos una
flora variada y diversa, nacimos y crecimos viendo unas plantas un poco
extrañas, como si no fueran autóctonas, venidas de alguna zona árida o pisos
altitudinales más bajos. Se trata del fique(furcraea) y la cocuiza (agave
cocui trel) que, por su parecido, las confundíamos y a ambas las
denominábamos maguey. Plantas no muy comunes, como ya se indicó, y que han ido
desapareciendo como tantas otras por la utilización de terrenos para la
actividad agropecuaria.
Aunque eran muy similares se podían diferenciar
debido a su estructura y utilización, también había contrastes en su color, por
ejemplo, las hojas del fique eran verdes, con bordes lisos, dentados o
aserrados terminando en una espina; en cambio, las hojas de las cocuizas eran
azuladas, también con hojas dentadas en los bordes, pero terminando en una
fuerte y gran espina.
Las plantas citadas son originarias de América
y cuentan con muchas variedades y nombres dependiendo del lugar donde se
reproducen, así lo expresaba el sabio merideño Julio César Salas a finales del
siglo XIX o comienzos del XX: “el Maguey o Agave Americano es voz de lengua de Haití, pero corren diversos nombres
en América para dicha planta: henequén o corojo en Centro América, mextl en
azteca o maguey, del primero fabricaban el pulque o mezcal; esta misma variedad
de agave se llama cocuiza en Venezuela, caruaba, curagua o curaguato en el
Orinoco; los jiraharas de Barquisimeto fabricaban con él una especie de vino
llamado cocuy, que hoy se destila por los civilizados y se conoce con el mismo
nombre de cocuy; los indios de la serranía de Cumaná se llamaron chacopatis, de
chacopati que significa maguey en su idioma…fique se llama en la cordillera de
los Andes venezolanos una variedad de agave, empleada por los indios para
fabricar cuerdas, las que se denominan cabuyas, voz antillana, no así los
morrales que elaboran y nombran marusas; de la flor del maguey y del mismo
cogollo, hacen los mucus la ajiagua, condimento obligado; estos mismos indios
trenzan el fique para la fabricación de toscas alpargatas por el estilo de las
gutaras cubanas y oxotas de los quichuas, quienes llamaban al fique maguey chuchan”1.
Mata de fique
Las bondades de la planta referida, en sus
diferentes variedades, han sido muy grandes a lo largo y ancho de América y a
través de los tiempos, particularmente en México, del Agave tequilana se obtiene el pulque,
tequila y mezcal, que debido a su industrialización y promoción se conoce y
consume en gran parte del mundo. En Venezuela, particularmente en los estados
Lara y Yaracuy, el jugo de sus hojas y/o raíces sirve para preparar el muy
apreciado licor de cocuy, llamado cocuy de penca o pecayero, bebida de
tradición prehispánica usada por los chamanes para celebrar fiestas, en la
actualidad ha sido industrializado completamente y es consumido en todo el país2.
No hay referencias donde indiquen que en el periodo prehispánico o colonial se
haya fabricado algún licor derivado de estas plantas de los Andes.
En cuanto a sus poderes curativos
tenemos que las hojas machacadas se aplican a tumores provocando su supuración
y reducción; el cocimiento de la raíz se emplea para trastornos menstruales y
dolores de la vejiga3, las hebras de fique, impregnadas en kerosene,
y colocadas en las plantas de los pies, bajan la tensión y la fiebre. En la
segunda mitad del siglo XIX el presbítero Jesús Manuel Jáuregui Moreno hizo una
descripción de Pueblo Llano, colocando entre las plantas medicinales el
cocuy o pitón y la cocuiza canalmala.4
Mata de cocuiza
En la construcción de viviendas
también tenían su aplicación, las hojas mezcladas con el barro servían como
aglutinante en la elaboración de muros y paredes de adobe, de igual manera, unidas
con cal o tierra blanca era utilizadas para blanquear las paredes y sus
vástagos funcionaban como vigas en los techos de las casas.
Muchas historias escuchamos en
nuestra niñez sobre las actividades que se desarrollaban en torno al fique,
principalmente la obtención de cuerdas o cabuyas. A esta actividad se le denominaba
“raspar fique” y era ejercida por expertos que sabía en qué momento del año
estaban listas las pencas para su utilización, la fase de la luna en que se
debían cortar, que preferiblemente era menguante. Luego venía el proceso de
raspado donde colocaban la penca en una tabla o mesa inclinada para comenzar,
con un cuchillo u objeto parecido, a sacarle la pulpa hasta que quedaban
solamente las hebras que eran llevadas a secar al sol para después torcerlas y
obtener los hilos de grosores diferentes.
El uso que se le daba a las cuerdas
era múltiple, con ellas fabricaban cabuyas para amarrar animales como vacas y
caballos; fajas, refajas y cinchas para las mulas; sacos para transportar papas
y otros frutos; marusas para llevar avío en los viajes; alpargatas e incluso
algún abrigo para protegerse del frío.
Los vestigios en la región andina
merideña sobre la utilización de las fibras de fique se pueden verificar en la
presencia de una momia encontrada en 1923 en un sitio denominado La Ovejera,
cerca de Pueblo Nuevo del Sur, municipio Sucre, estado Mérida, la cual se
encuentra expuesta en el Museo Arquidiocesano de Mérida. En un estudio hecho en
la Universidad de Los Andes se concluyó que “los textiles asociados
a la momia fueron confeccionados con fibras de origen vegetal, como las
existentes en los tallos de plantas como las malváceas o en las hojas de sisal,
semejantes a las utilizadas en la actualidad para la confección de los tejidos
y cuerdas”5.
Muy cerca del lugar anterior, en El Morro, don
Tulio Febres Cordero hace referencia a la calidad de los productos de fique
elaborados allí en el siglo XIX, al respecto expresa: “De sus tejidos y sus
progresos en este ramo, quedan los famosos costales o sacos de fique del Morro
que fueron premiados en la Exposición de París el año de 1889…”6.
En Pueblo Llano, los últimos “raspadores de
fique” de que se tenga noticia fueron Francisco Santiago Torres y su hijo José
de Resurrección, avecindados en el sitio denominado La Horca, quienes
elaboraban diversidad de objetos por encargo.
Por otra parte, se observaba una utilidad muy
frecuente de las matas de cocuiza y fique para fijar los límites en las
propiedades agrícolas; en muchos documentos encontramos, por ejemplo, frases
como: “…por el norte con Juan Peña, divide mojones de piedra y matas de
cocuiza…”. En efecto, estas matas eran muy duraderas y se reproducían
fácilmente, además, sus hojas con bordes de espinas, rematadas en una punta muy
dura, contribuía para que los animales, como vacas y caballos, no entraran a
las tierras cultivadas a hacer daños.
No nos cansamos de escribir sobre los
beneficios de estas plantas y hemos querido dejar para el final la parte
principal del artículo como es la referente a la gastronomía. Cuando el vástago
de la planta de fique estaba tierno se denominaba “pitón” y era el momento para
cortarlo, picarlo en trozos y agregarlo como un ingrediente más en la preparación
del ají andino. Pero, además, si el “pitón” o vástago no se cortaba tierno y se
dejaba crecer hasta su tamaño natural, una vez florecido, se utilizaban estas
flores, denominadas “diablitos”, que también agregaban al ají encurtido y le
da muy buen sabor7. Como hemos visto líneas más arriba, Julio
César Salas menciona que, con el vástago del maguey, llamado por nosotros
“pitón” y también con sus flores (“diablitos”), nuestros indígenas preparaban
un condimento denominado ajiagua que es muy probable sea el mismo preparado de ají a que
hemos hecho referencia. Sobre este condimento nos amplía el sabio
merideño: “El cucay del pichero o ají no podía faltar en las comidas
indígenas, esta especie de encurtido formado por raíces: micuyes y rubas en la
tierra fría y por ajíes, médula y frutos del maguey, istú y otras plantas entre
los indios de los valles templados, era el excitante y condimento obligado de
la sencilla alimentación de los chamas”8.
Ají preparado con “pitones” y “diablitos”.
Con respecto a la elaboración del ají, nos dice
nuestro estimado paisano don Mario de Jesús Santiago Valero: “En cuanto a
los famosos “pitones” nos viene a la memoria que eran las flores de los
vástagos de las matas de fique, que se cosechaban en muy pocas partes y en muy
pocas oportunidades. Efectivamente, las matas de fique, aunque son silvestres
en las regiones de los páramos andinos, son por lo general escasas. Nosotros
las llamábamos fique, pero en botánica la denominan pita. Su mayor utilidad se
debe a que las hojas, alargadas, gruesas y numerosas, con espinas por los
bordes y puntas, producen fibras para hacer cabuyas y otros productos textiles
de utilidad para la producción agrícola e industrial. Periódicamente produce un
vástago relativamente delgado, que termina en una flor en forma de racimo
erguido, de color verde blanco, con semillas blandas del tamaño de una fresa.
Pues bien, hasta hace poco ese racimo de flores se aprovechaba como ingrediente
para rendirle a la sopa que se consume en familia a la hora del almuerzo. A
decir verdad, no era muy notable la ventaja alimenticia que proporcionaba el
uso de los mencionados pitones, dado que lo escaso de la planta y el poco
interés que tenía en la población terminaban por olvidar el beneficio9.
Sería redundar en el hecho de continuar
elogiando las bondades de estas plantas, pero, finalmente, no hay que olvidar
que debido a los efectos catastróficos que está sufriendo el planeta y con él
la población mundial debido al cambio climático, mucho se podría aportar para
mejorar tal situación volviendo a utilizar objetos de fique o cocuiza para el
uso diario, como por ejemplos las marusas para hacer mercado y los sacos para
empacar verduras, debido a que se descomponen con mucha facilidad una vez que
culmina su vida útil y, de esta manera, la agresión al medio ambiente es
insignificante en comparación con los objetos sintéticos que tardan miles de
años en desaparecer.
Rafael Ramón Santiago.
Cronista oficial del municipio Pueblo Llano.
(30/06/26)
Notas:
(1) Julio César SALAS. De Re Indica. Órgano de la
Sociedad Venezolana de Americanistas. “Estudios Libres”, Antropología,
Etnología, Lingüística, Folklore, etc. Vol. I. Caracas, Venezuela, 28 de
octubre de 1918. Nº 2. pp. 50, 51.
(2) http://vereda.ula.ve ›
areas-tematicas › jardin-xerofitico.
(3) Ídem.
(4) Jesús
Manuel Jáuregui Moreno. Obras Completas. Tomo I. Talleres de Editorial
Futuro, San Cristóbal, estado Táchira, 1999. p. 245.
(5) Ernesto
PALACIOS PRÜ. Análisis ultraestructurales de tejidos humanos momificados.
Caso de la momia del museo arquidiocesano de Mérida, Venezuela. Boletín
Antropológico. Centro de Investigaciones Etnológicas. Museo Arqueológico.
Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. Mayo-agosto 1995. Nº 34. pp. 5-21.
(6) Tulio
FEBRES CORDERO. Obras Completas. Procedencia de los aborígenes de los
andes venezolanos. Tomo I. Editorial Antares LTDA, Bogotá, Colombia, 1960.
p. 52.
(7) Gonzalo PICON FEBRES. Libro raro. Tercera Edición.
Biblioteca de Autores y Temas Merideños. Mérida, Venezuela, 1964. p. 141.
(8) Julio
César SALAS. Tierra-Firme. (Venezuela y Colombia). Estudios sobre Etnología
e Historia. Universidad de los Andes, Facultad de Humanidades y Educación,
Mérida, Venezuela, 1971, p. 155.
(9) Informante: Mario de Jesús Santiago Valero. 95 años,
Caracas, 22 de julio de 2023.


















