Agricultura y gastronomía prehispánica local
DON TULIO Y LA AREPA
Nunca se imaginó don
Tulio Febres Cordero que sus propuestas y protestas, alrededor de 1925, para
que la arepa fuese reconocida y valorada por sus contemporáneos, iba a obtener
una acogida tan grande un siglo después. En efecto, con motivo de la lamentable
diáspora de compatriotas que tuvieron que salir del país durante las primeras
décadas del siglo XXI, éstos se han dedicado a dar a conocer este plato
venezolano con mucho orgullo, como parte de su identidad, en los diferentes
lugares donde les ha tocado establecerse.
La pluma de don Tulio
Febres siempre estuvo al servicio del país para defender y resaltar el valor de
lo nuestro. Observaba con preocupación que sus compatriotas poco a poco iban
perdiendo la preferencia por todo lo que fuera nacional a cambio de lo exótico.
Ante tan avasallante transculturización, propuso levantar un muro que denominó Pancriollismo
como una manera de defender todo lo que tuviera que ver con la cultura
autóctona del país.
En un
artículo denominado “Cosas Criollas. En torno a la arepa”, el autor se
propone darle una definición general, además de una valoración, a esta comida
venezolana de raíces indígenas.
Comienza
su tratado expresando el valor que le da un extranjero al humilde plato
nuestro: “El sabio colombiano doctor Zeledón, que fue obispo de Santa Marta,
dijo en París al deán de la Catedral de Mérida doctor Carrero y a otros
venezolanos allí reunidos ocasionalmente, que bien valía hacer viaje de Europa a América solo por comer al desayuno arepa
caliente con cuajada fresca, comida realmente deleitosa, a igual de muchas
otras en que figura el sabroso pan americano objeto de estas líneas: la popular
arepa, regalo de ricos y pobres, forma la más común y económica de aprovechar
el maíz como principal alimento en todas las clases sociales”1.
Se
lamentaba don Tulio que los escritores venezolanos de su época no se dignaran
en hacer un elogio a la criolla arepa, como sí lo hacían intelectuales de otros
países con platos más sencillos que el nuestro:
“Muy poco mencionada es la arepa por los literatos y
poetas cuando de manjares escriben, a la inversa de lo que han hecho los
europeos con sus principales alimentos, que diariamente reciben en el libro y
el periódico continuos y merecidos elogios, desde el clásico pan de trigo hasta
la humilde berza, que figura con sus propísimos nombres en el programa de los
más suntuosos banquetes”2.
Reitera,
una y otra vez, la tendencia de sus contemporáneos por despreciar las cosas
nuestras, particularmente la comida:
“En Hispano-América, al contrario, existe cierta
preocupación, por no decir menosprecio, contra los artículos y platos de uso
corriente como principales alimentos, menosprecio para nombrarlos, que no para
comerlos ciertamente; y esto se evidencia con la costumbre general de ocurrir,
en las ocasiones de gala, a formar lista de platos extranjeros, extraños por
completo a la cocina criolla, para poner en aprieto a los comensales, pues si
alguna vianda criolla llega a servirse, no se presenta como tal sino disfrazada
con nombre francés, inglés, alemán o de cualquier otro idioma, menos el
castellano, lo que solo puede tener excusa en banquetes de carácter diplomático”3.
En seguida pasa a
referir, lo que considera que es la parte central de su escrito, las pobres
definiciones que dan los diccionarios sobre la arepa: “Para principiar por
alguno, elegiremos el voluminoso diccionario de la lengua castellana hecho por
una Sociedad Literaria, edición de 1869, donde se halla esta donosa definición:
“Arepa. Empanadilla hecha de harina de
maíz con carne de puerco dentro, que venden las negras en las esquinas de
Cartagena de Indias”4.
A tan deficiente
definición, don Tulio, muy molesto, se pregunta y enseguida responde: “¿Será
eso nuestra arepa? Ni por asomo. Ella ni es empanada, ni el maíz se emplea en
forma de harina para hacerla, ni se rellena con carne de puerco, y por sabido
se calla que no es privilegio de las negras el venderla en las esquinas (y no
es otros sitios) de Cartagena de Indias.
Lo de empanadillas
rellenas de carne de puerco, hace pensar que los señores literatos autores del
diccionario, tomaron por arepa las hayaquitas rellenas con carne, que por estos
trigos de Mérida llamamos “hayaquitas de agua”, las cuales son de forma
cilíndrica, un poco achatada, semejantes a las hayacas propiamente dichas,
aunque muy inferiores por carácter de varios ingredientes principales y ser
distinto el modo de prepararlas”5.
Continúa don Tulio con la crítica a
los diccionarios que pretenden definir el principal plato venezolano: “En
otra edición del mismo léxico hecha en París en 1878, se dejó la mismísima
definición, pero con esta agregación en la parte final: ‘…que venden las negras
en las esquinas de Cartagena de Indias, y es el almuerzo general de sus
habitantes’. Esto se presta a muchos comentarios. Cartagena es una ciudad de
más de doce mil almas, y cuesta creer que las tales empanadillas fuesen objeto
de tanto gusto para pobres y ricos en la inexpugnable ciudad granadina, pues al
fin y al cabo un mismo plato todos los días resultaría insoportable. Además,
por comodidad y economía, ¡debe suponerse que las familias preparasen este
almuerzo y no fuese permitida la venta sino por las negras y en las esquinas!”6.
Continúa
ahora consultando el último diccionario que le ha llegado a sus manos: En el
novísimo diccionario de la Real Academia Española (edición de 1925) aparece la
definición:
‘Arepa. - (Del cumanagoto arepa, maíz), Pan de forma
circular que se usa en América, compuesto de maíz sancochado, mojado y pasado
por tamiz, huevos y manteca y cocido al horno’.
Con perdón de los
señores académicos, dice el merideño, tampoco es esta nuestra popular arepa,
porque el maíz se muele y se reduce a masa entre piedras o en máquinas
especiales, y nunca va cernido ni hecho harina; y lo de añadirle huevos y
manteca, dará risa a nuestras areperas, pues son ingredientes que no le cuadran
y que harían más costoso este pan americano, que es el del pueblo por
excelencia.
Más
adelante agrega, “tampoco lo del horno conviene a la arepa, pues, aunque las
hay horneadas, como pan de gala, esto no es lo corriente, sino el ser asadas en
un budare o platón casi plano de barro cocido o de hierro, sin más aliño que la
sal, según se practica en Venezuela y Colombia, tanto en la cómoda casa del
poblado como bajo el pajizo techo de la choza indígena”7.
Finalmente,
considera que la mejor definición es la dada por el geógrafo Agustín Codazzi,
aunque fue propuesta hacía muchos años ya y la elaboración misma había cambiado.
Apuntaba Codazzi: “Desde antes del descubrimiento, las mujeres indígenas
preparaban el pan de maíz moliendo entre dos piedras los granos hervidos de
antemano para ablandarlos; enseguida hacían panes de aquella masa, y los ponían
a tostar sobre un platón de tierra puesto al fuego: aun en el día lo benefician
del mismo modo los indígenas y los criollos, y ningún adelanto se ha hecho en
una manipulación tan usual y necesaria, en la que se emplea mucho tiempo”.
Acota el merideño que la definición anterior era válida para antes de 1841 en
que fue escrita, pero anota que ya para 1925 “en los centros más populosos
se dispone de útiles y máquinas que simplifican el procedimiento precolombino”8.
Para
terminar su escrito, trascribe algunos versos donde se describe la faena de la
preparación de la arepa, como los del bardo colombiano Gregorio Gutiérrez
González, donde se refiere a la cocinera antioqueña. Otros de Pío A. Rengifo de
su poemario El Conuco y concluye con J. D. Tejera, quien canta las rudas
faenas del sembrador andino “…y entenderá su afán quien contemplare —el maíz convertido en suave arepa— que enchapa de oro el budare”.
Reiteramos que, muy orgulloso estaría el Patriarca de las letras Merideñas de las actuales generaciones de venezolanos que, lejos de menospreciar este plato tan nuestro, lo han llevado con orgullo por todos los confines del mundo.
Rafael Ramón Santiago
Cronista oficial del municipio
Pueblo Llano
(31/05/26)
Notas:
(1) Tulio FEBRES CORDERO. Archivo de Historia y Variedad.
Obras Completas. Tomo III. Capítulo. LXXXVII. COSAS CRIOLLAS. EN TORNO DE LA
AREPA. Editorial Antares LTDA, Bogotá, Colombia, 1960. p. 256.
(2) Ídem.
(3) Tulio FEBRES
CORDERO. Archivo de Historia y Variedad. Obras Completas. Tomo III.
Capítulo. LXXXVII. COSAS CRIOLLAS. EN TORNO DE LA AREPA. Op. cit. p. 257.
(4) Ídem.
(5) Ídem.
(6) Ibidem. 258.
(7) Ídem.
(8) Ídem.




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